“Rasgar el velo de la soledad” de Alfonso Vallejo
La aventura de escribir
“Rasgar el velo de la soledad” de Alfonso Vallejo
Así comienza mi nueva novela: 7
vidas.
Y
comenzó la vida
“Todo
empezó antes de que yo supiera que empezaba”
¡Qué lejos queda aquel 28 de junio
de 1950, visto desde la atalaya en la que me encuentro ahora! Y, sin embargo,
ahí está, como un punto luminoso en la distancia, recordándome que alguna vez
fui un recién nacido que llegó al mundo en una casa modesta, en el hogar donde
mis padres vivían entonces. No nací en un hospital, sino entre paredes
familiares, bajo un techo que ya guardaba historias antes de que yo respirara
por primera vez.
Mientras mi madre se retorcía de
dolor, entregándose al misterio de traer al mundo a un bebé de cuatro kilos, la
vida seguía su curso unos pisos más abajo. En la calle, las carrozas desfilaban
celebrando las fiestas grandes de la ciudad, ajenas al pequeño milagro que
estaba ocurriendo justo encima de ellas.
Era León, engalanada para honrar
a San Juan y San Pedro, vibrando con música, risas y bullicio. Y en medio de
esa alegría colectiva, en un cuarto humilde y cálido, comenzaba mi propia
fiesta silenciosa: la de existir.
A veces pienso que no podría
haber tenido un comienzo más simbólico. Afuera, la ciudad celebraba la luz del
verano; adentro, mi madre y yo inaugurábamos una historia que aún hoy sigo
intentando comprender.
A veces me pregunto qué habría
pensado aquel bebé, (si hubiera podido pensar), al escuchar el estruendo de la
fiesta mezclado con el llanto propio de quien llega a un mundo desconocido.
Quizá, sin saberlo, ya estaba recibiendo la primera lección: la vida es un
escenario donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan sin pedir permiso. Mi
llanto se confundía con la música, y mi primera respiración coincidía con el
bullicio de una ciudad que celebraba sin saber que, en un cuarto alto y
discreto, otro pequeño comienzo se abría paso.
Mi madre solía contar que nací hermoso,
(porque esa es la palabra que utilizaba para definir a alguien pasado de peso),
con un llanto que llenó la habitación y un color sonrosado que tranquilizó a la
comadrona. Mi madre, agotada pero luminosa, me sostuvo entre sus brazos como si
sostuviera un secreto. Mi padre, nervioso y orgulloso, caminaba de un lado a
otro sin saber muy bien qué hacer con tanta emoción. Eran jóvenes,
enfrentándose al misterio de convertirse en padres por primera vez.
Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.
Querido hijo:
Empieza por amarte a ti mismo con intensidad, sin
límites ni reservas. Comprende que nunca haces nada mal a sabiendas, que nunca
dañas intencionalmente. Y cuando te das cuenta de que tus acciones, aunque no
malintencionadas, han causado dolor a alguien más, tu corazón lo siente
profundamente. Cargas con el peso de la culpa, y a veces sufres tanto como
aquellos a quienes, sin querer, has lastimado. Ese sufrimiento, hijo mío, es
prueba de tu humanidad y de la nobleza de tu espíritu.
Reflexiona, hijo mío. ¿Por qué eres tan severo
contigo mismo? ¿Por qué te cuesta tanto perdonarte tus errores, cuando ser
indulgente contigo mismo es el primer paso hacia un amor más grande y más puro?
Si puedes aceptar tus defectos y reconciliarte con tus caídas, estarás
construyendo la base para amar sin condiciones. No se trata de excusar tus
errores, sino de aprender de ellos sin martirizarte. Porque el amor
incondicional hacia los demás empieza con ese acto de autocompasión y
comprensión.
Del libro "Cartas a Dios" - Alfonso Vallejo