Querido hijo:
Empieza por amarte a ti mismo con intensidad, sin
límites ni reservas. Comprende que nunca haces nada mal a sabiendas, que nunca
dañas intencionalmente. Y cuando te das cuenta de que tus acciones, aunque no
malintencionadas, han causado dolor a alguien más, tu corazón lo siente
profundamente. Cargas con el peso de la culpa, y a veces sufres tanto como
aquellos a quienes, sin querer, has lastimado. Ese sufrimiento, hijo mío, es
prueba de tu humanidad y de la nobleza de tu espíritu.
Reflexiona, hijo mío. ¿Por qué eres tan severo
contigo mismo? ¿Por qué te cuesta tanto perdonarte tus errores, cuando ser
indulgente contigo mismo es el primer paso hacia un amor más grande y más puro?
Si puedes aceptar tus defectos y reconciliarte con tus caídas, estarás
construyendo la base para amar sin condiciones. No se trata de excusar tus
errores, sino de aprender de ellos sin martirizarte. Porque el amor
incondicional hacia los demás empieza con ese acto de autocompasión y
comprensión.
Del libro "Cartas a Dios" - Alfonso Vallejo

No hay comentarios:
Publicar un comentario