La aventura de escribir

La aventura de escribir

Un espacio creado para dar a conocer mis obras literarias. Aquí encontrarás la presentación de cada uno de mis libros, con su sinopsis, detalles sobre la inspiración detrás de ellos y la posibilidad de adquirirlos fácilmente. El blog será un escaparate personal donde cada título tendrá su propio lugar destacado.

jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


sábado, 17 de enero de 2026

jueves, 15 de enero de 2026

Un paso más allá

 


“El Amor es como la luz, no se explica, se siente”


Querido Dios:

 Hoy he sentido Tu presencia antes de buscarla, antes incluso de pronunciar palabra alguna ni de sentarme a meditar. Sin haber pedido respuesta, me has respondido. Y lo has hecho, como tantas otras veces, con esa sutileza que te distingue: a través de un simple “azar”, una coincidencia que no lo es. Me hiciste llegar, aparentemente por casualidad, a un video en YouTube, pero sé bien que en Tu lenguaje no existen las casualidades. Ese video despertó en mí el recuerdo de mi última carta y, con ella, de Tu última contestación. Y al recordar esas dos correspondencias, tomé conciencia de algo que hasta ahora no había querido reconocer del todo: en muchas de nuestras cartas, Señor, siempre hemos estado girando alrededor del mismo tema, danzando una y otra vez en torno a la misma enseñanza: “el Amor”. 

El Amor divino, el Amor incondicional, el Amor puro que trasciende el juicio y el temor, el Amor que vinimos a recordar, no a aprender, porque en verdad es lo que somos. Sin embargo, también comprendí que, a pesar de haber tratado este tema una y otra vez, siempre me he quedado en la periferia de la enseñanza, rozando apenas su profundidad. He comprendido, con Tu nueva inspiración, que hasta hoy solo he bordeado la verdadera práctica de ese Amor que intento comprender. 

Y me emociono… porque si me has permitido recibir esta comprensión ahora, es porque consideras que estoy preparado. Siento que este momento es un llamado de Tu parte, un permiso para subir un peldaño más en la escalera interior. Y al sentirlo, mis ojos se humedecen de gratitud; es una alegría limpia, serena, de esas que no pueden expresarse con palabras sino solo con un suspiro que sale desde el alma. 

Tu enseñanza ha sido clara: “Hay que dar un paso más allá”

Te decía en mi carta anterior: “Por eso, Señor, hago el compromiso sincero de no volver a preguntarme cuántas vidas me faltan, sino cómo puedo amar mejor en esta vida. Porque ahora entiendo que no me falta tiempo, sino entrega. No me falta comprensión, sino práctica. Y, en el fondo, el único propósito que tiene mi alma es aprender a amar como Tú amas: sin condiciones, sin límites, sin miedo”.

Esas palabras siguen resonando con verdad en mí; siguen siendo correctas, y sé que en su momento expresaban el grado de comprensión que yo podía alcanzar. También recuerdo que en otras cartas hablamos de la importancia de aprender a colocarse en los zapatos del otro, de mirar el mundo desde sus ojos para cultivar la empatía real. Pero ahora entiendo que eso tampoco basta. Me hablas hoy de ir “más allá”, de traspasar la empatía racional para alcanzar la comunión energética. 

Porque ponerse en los zapatos del otro está bien, sí, pero es apenas “el comienzo del camino”. Lo verdaderamente transformador, lo que despierta la conciencia superior, es impregnarse de su energía, sentir de verdad lo que siente el otro, dejar que su vibración te atraviese, que su experiencia te toque el alma sin defensas, sin filtros, sin máscaras. 

Te entiendo ahora, Señor. No se trata solo de imaginar qué siente quien ha sido engañado, traicionado o lastimado; se trata de “experimentarlo interiormente” con la mayor honestidad posible. Sentir la desesperanza del que es humillado, la tristeza del que es abandonado, la impotencia del que no puede defenderse. Sentirlo sin juicio, sin tratar de explicarlo o justificarlo. Sentirlo para comprender desde el corazón, no desde la mente, qué significa realmente Amar como Tú amas. 

Y eso me lleva a una segunda enseñanza que, aunque exigente, es profundamente liberadora: después de experimentar lo que otros sienten, es necesario “confrontar mis propias verdades”. Entiendo que debo mirar de frente mis autoengaños, mis excusas, mis pretextos, esas justificaciones con las que mi ego ha disfrazado sus miedos durante tanto tiempo. Es hora de poner al ego en “modo espera”, de acallarlo un momento para escuchar la voz silenciosa del alma. 

Porque solo en ese silencio interior, cuando se disuelven los ruidos del “yo”, se escucha la voz de la conciencia superior. Y en ese espacio sagrado, donde no hay juicio ni culpa, uno puede empezar a comprender que cada acción, cada error, cada encuentro ha sido siempre una oportunidad para despertar al Amor que nos constituye. 

Amar de verdad implica romper las capas del ego, abrirse al dolor propio y ajeno sin taparlo con bellas palabras espirituales. Implica sentir el vértigo de la vulnerabilidad, el temblor del alma cuando se entrega sin garantías. Y, sin embargo, ahí, en ese riesgo interior, es donde se esconde la semilla del Amor puro. 

Esa enseñanza me toca profundamente, porque reconozco cuántas veces he querido Amar desde la mente: buscando entender, justificar o analizar el Amor. Pero ahora descubro que el Amor no puede comprenderse; solo puede vivirse. Es como la luz: no se explica, se siente. Solo cuando uno se deja habitar completamente por ese sentimiento, cuando se permite llorar con las lágrimas del otro, reír con su alegría, temblar con su miedo, entonces comienza la verdadera transformación. 

Señor, gracias por llevarme con tanta paciencia hasta este punto. Me doy cuenta de que, en el fondo, esta nueva comprensión no me aleja de las anteriores, sino que las amplía. Todo lo que hemos hablado antes sobre la entrega, la práctica, la empatía y la humildad era solo la preparación necesaria para dar este paso. Era como aprender los acordes antes de tocar la melodía. Y ahora me dices que es hora de interpretar la canción de la vida con el corazón abierto, sin temor a equivocarme, porque cada nota, incluso las disonantes, formará parte de la sinfonía de mi alma. 

Comprendo también que esto que llamo “dar un paso más allá” no es un logro, sino un “proceso continuo”. Cada vez que mi ego se justifique, cada vez que me sienta víctima o culpable, será una oportunidad para practicar este nuevo estado de conciencia. No se trata de alcanzar una perfección imposible, sino de mantenerme atento, vigilante, dispuesto a sentir en profundidad la experiencia humana y divina que soy. 

Y si tuviera que resumir todo esto en pocas palabras, diría que me has mostrado lo que significa “conectar con la conciencia superior”. Esa conciencia que no está fuera de mí, sino en lo más íntimo de mi ser; que no me pertenece, porque yo le pertenezco a ella. Es la chispa eterna que impulsa mi vida sin que yo siempre lo perciba, pero que me guía pacientemente hacia el reencuentro contigo. 

Gracias, Señor, por recordarme que amar no es solo una emoción ni una elección moral, sino “un estado del alma”. Que amar como Tú amas no significa renunciar a ser humano, sino abrazar la humanidad en toda su plenitud, aprendiendo a mirar con ternura incluso mis propias sombras. 

Hoy, mientras termino de escribir esta carta, siento una paz profunda. Y quizá eso sea lo más sorprendente de todo: que después de tantas vueltas, de tantas preguntas, de tantas lágrimas, la respuesta siempre ha sido Tan simple y tan grande a la vez: Amar. 

Con humildad y gratitud infinita.