La aventura de escribir
La aventura de escribir
domingo, 25 de enero de 2026
jueves, 22 de enero de 2026
¿Quién me ha robado la vida?
“El alma pregunta
lo que el tiempo calla”
Y entonces, Señor, ha surgido en
mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha
robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque
cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me
encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O
tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido
dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si
fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.
Lo que sí tengo claro es que ya
soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús,
cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando
los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua;
o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a
las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un
esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables,
me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.
Y, sin embargo, Señor, hay días
en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida.
Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila,
parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha
pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso
cuando yo no era consciente de ello.
Aun así, desde este punto en el
camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me
asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver
la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin
prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos
momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de
otra manera.
Quizá esos instantes eran, en
realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en
los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy
aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el
corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o
mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede
aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no
sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que
la razón no alcanza a comprender.
Hoy, Señor, es un día de dudas.
No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren
entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me
gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de
deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual.
A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una
sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé
es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.
Tal vez este mismo acto de
escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada
reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de
buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni
desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha
seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.
Gracias, Señor, por escuchar
estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está
llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no
sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por
seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.
Gracias, Señor.
Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo
miércoles, 21 de enero de 2026
sábado, 17 de enero de 2026
jueves, 15 de enero de 2026
Un paso más allá
“El Amor es como
la luz, no se explica, se siente”
Querido Dios:
El Amor divino, el Amor
incondicional, el Amor puro que trasciende el juicio y el temor, el Amor que
vinimos a recordar, no a aprender, porque en verdad es lo que somos. Sin
embargo, también comprendí que, a pesar de haber tratado este tema una y otra
vez, siempre me he quedado en la periferia de la enseñanza, rozando apenas su
profundidad. He comprendido, con Tu nueva inspiración, que hasta hoy solo he
bordeado la verdadera práctica de ese Amor que intento comprender.
Y me emociono… porque si me has
permitido recibir esta comprensión ahora, es porque consideras que estoy
preparado. Siento que este momento es un llamado de Tu parte, un permiso para
subir un peldaño más en la escalera interior. Y al sentirlo, mis ojos se
humedecen de gratitud; es una alegría limpia, serena, de esas que no pueden
expresarse con palabras sino solo con un suspiro que sale desde el alma.
Tu enseñanza ha sido clara: “Hay
que dar un paso más allá”
Te decía en mi carta anterior: “Por eso, Señor, hago el compromiso sincero
de no volver a preguntarme cuántas vidas me faltan, sino cómo puedo amar mejor
en esta vida. Porque ahora entiendo que no me falta tiempo, sino entrega. No me
falta comprensión, sino práctica. Y, en el fondo, el único propósito que tiene
mi alma es aprender a amar como Tú amas: sin condiciones, sin límites, sin
miedo”.
Esas palabras siguen resonando
con verdad en mí; siguen siendo correctas, y sé que en su momento expresaban el
grado de comprensión que yo podía alcanzar. También recuerdo que en otras
cartas hablamos de la importancia de aprender a colocarse en los zapatos del
otro, de mirar el mundo desde sus ojos para cultivar la empatía real. Pero
ahora entiendo que eso tampoco basta. Me hablas hoy de ir “más allá”, de
traspasar la empatía racional para alcanzar la comunión energética.
Porque ponerse en los zapatos
del otro está bien, sí, pero es apenas “el comienzo del camino”. Lo
verdaderamente transformador, lo que despierta la conciencia superior, es
impregnarse de su energía, sentir de verdad lo que siente el otro, dejar que su
vibración te atraviese, que su experiencia te toque el alma sin defensas, sin
filtros, sin máscaras.
Te entiendo ahora, Señor. No se
trata solo de imaginar qué siente quien ha sido engañado, traicionado o
lastimado; se trata de “experimentarlo interiormente” con la mayor honestidad
posible. Sentir la desesperanza del que es humillado, la tristeza del que es
abandonado, la impotencia del que no puede defenderse. Sentirlo sin juicio, sin
tratar de explicarlo o justificarlo. Sentirlo para comprender desde el corazón,
no desde la mente, qué significa realmente Amar como Tú amas.
Y eso me lleva a una segunda
enseñanza que, aunque exigente, es profundamente liberadora: después de
experimentar lo que otros sienten, es necesario “confrontar mis propias
verdades”. Entiendo que debo mirar de frente mis autoengaños, mis excusas, mis
pretextos, esas justificaciones con las que mi ego ha disfrazado sus miedos
durante tanto tiempo. Es hora de poner al ego en “modo espera”, de acallarlo un
momento para escuchar la voz silenciosa del alma.
Porque solo en ese silencio
interior, cuando se disuelven los ruidos del “yo”, se escucha la voz de la
conciencia superior. Y en ese espacio sagrado, donde no hay juicio ni culpa, uno
puede empezar a comprender que cada acción, cada error, cada encuentro ha sido
siempre una oportunidad para despertar al Amor que nos constituye.
Amar de verdad implica romper
las capas del ego, abrirse al dolor propio y ajeno sin taparlo con bellas
palabras espirituales. Implica sentir el vértigo de la vulnerabilidad, el
temblor del alma cuando se entrega sin garantías. Y, sin embargo, ahí, en ese
riesgo interior, es donde se esconde la semilla del Amor puro.
Esa enseñanza me toca
profundamente, porque reconozco cuántas veces he querido Amar desde la mente:
buscando entender, justificar o analizar el Amor. Pero ahora descubro que el
Amor no puede comprenderse; solo puede vivirse. Es como la luz: no se explica,
se siente. Solo cuando uno se deja habitar completamente por ese sentimiento, cuando
se permite llorar con las lágrimas del otro, reír con su alegría, temblar con
su miedo, entonces comienza la verdadera transformación.
Señor, gracias por llevarme con
tanta paciencia hasta este punto. Me doy cuenta de que, en el fondo, esta nueva
comprensión no me aleja de las anteriores, sino que las amplía. Todo lo que
hemos hablado antes sobre la entrega, la práctica, la empatía y la humildad era
solo la preparación necesaria para dar este paso. Era como aprender los acordes
antes de tocar la melodía. Y ahora me dices que es hora de interpretar la
canción de la vida con el corazón abierto, sin temor a equivocarme, porque cada
nota, incluso las disonantes, formará parte de la sinfonía de mi alma.
Comprendo también que esto que
llamo “dar un paso más allá” no es un logro, sino un “proceso continuo”. Cada
vez que mi ego se justifique, cada vez que me sienta víctima o culpable, será
una oportunidad para practicar este nuevo estado de conciencia. No se trata de
alcanzar una perfección imposible, sino de mantenerme atento, vigilante,
dispuesto a sentir en profundidad la experiencia humana y divina que soy.
Y si tuviera que resumir todo
esto en pocas palabras, diría que me has mostrado lo que significa “conectar
con la conciencia superior”. Esa conciencia que no está fuera de mí, sino en lo
más íntimo de mi ser; que no me pertenece, porque yo le pertenezco a ella. Es
la chispa eterna que impulsa mi vida sin que yo siempre lo perciba, pero que me
guía pacientemente hacia el reencuentro contigo.
Gracias, Señor, por recordarme
que amar no es solo una emoción ni una elección moral, sino “un estado del alma”.
Que amar como Tú amas no significa renunciar a ser humano, sino abrazar la
humanidad en toda su plenitud, aprendiendo a mirar con ternura incluso mis
propias sombras.
Hoy, mientras termino de
escribir esta carta, siento una paz profunda. Y quizá eso sea lo más
sorprendente de todo: que después de tantas vueltas, de tantas preguntas, de
tantas lágrimas, la respuesta siempre ha sido Tan simple y tan grande a la vez:
Amar.
Con humildad y gratitud infinita.






