La aventura de escribir

La aventura de escribir

Un espacio creado para dar a conocer mis obras literarias. Aquí encontrarás la presentación de cada uno de mis libros, con su sinopsis, detalles sobre la inspiración detrás de ellos y la posibilidad de adquirirlos fácilmente. El blog será un escaparate personal donde cada título tendrá su propio lugar destacado.

jueves, 5 de febrero de 2026

7 vidas

 


Así comienza mi nueva novela: 7 vidas.

                                                            

Y comenzó la vida

 

“Todo empezó antes de que yo supiera que empezaba”

 

            ¡Qué lejos queda aquel 28 de junio de 1950, visto desde la atalaya en la que me encuentro ahora! Y, sin embargo, ahí está, como un punto luminoso en la distancia, recordándome que alguna vez fui un recién nacido que llegó al mundo en una casa modesta, en el hogar donde mis padres vivían entonces. No nací en un hospital, sino entre paredes familiares, bajo un techo que ya guardaba historias antes de que yo respirara por primera vez.

Mientras mi madre se retorcía de dolor, entregándose al misterio de traer al mundo a un bebé de cuatro kilos, la vida seguía su curso unos pisos más abajo. En la calle, las carrozas desfilaban celebrando las fiestas grandes de la ciudad, ajenas al pequeño milagro que estaba ocurriendo justo encima de ellas.

Era León, engalanada para honrar a San Juan y San Pedro, vibrando con música, risas y bullicio. Y en medio de esa alegría colectiva, en un cuarto humilde y cálido, comenzaba mi propia fiesta silenciosa: la de existir.

A veces pienso que no podría haber tenido un comienzo más simbólico. Afuera, la ciudad celebraba la luz del verano; adentro, mi madre y yo inaugurábamos una historia que aún hoy sigo intentando comprender.

A veces me pregunto qué habría pensado aquel bebé, (si hubiera podido pensar), al escuchar el estruendo de la fiesta mezclado con el llanto propio de quien llega a un mundo desconocido. Quizá, sin saberlo, ya estaba recibiendo la primera lección: la vida es un escenario donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan sin pedir permiso. Mi llanto se confundía con la música, y mi primera respiración coincidía con el bullicio de una ciudad que celebraba sin saber que, en un cuarto alto y discreto, otro pequeño comienzo se abría paso.

Mi madre solía contar que nací hermoso, (porque esa es la palabra que utilizaba para definir a alguien pasado de peso), con un llanto que llenó la habitación y un color sonrosado que tranquilizó a la comadrona. Mi madre, agotada pero luminosa, me sostuvo entre sus brazos como si sostuviera un secreto. Mi padre, nervioso y orgulloso, caminaba de un lado a otro sin saber muy bien qué hacer con tanta emoción. Eran jóvenes, enfrentándose al misterio de convertirse en padres por primera vez.

 

Amar a Dios sobre todas las cosas

 


Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.


Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo

lunes, 2 de febrero de 2026

Amor incondicional

 

Querido hijo:

 Estás buscando amar al mundo entero, un mundo vasto, lejano y desconocido. Y aunque esa aspiración es noble, permíteme recordarte algo crucial: el verdadero amor universal comienza más cerca de lo que imaginas. Comienza contigo. Sí, hijo mío, contigo mismo. Antes de intentar abrazar al mundo entero con tu amor, debes aprender a abrazarte a ti mismo. No me refiero a un acto egoísta, sino a un gesto de aceptación, compasión y perdón hacia tus propias imperfecciones.

Empieza por amarte a ti mismo con intensidad, sin límites ni reservas. Comprende que nunca haces nada mal a sabiendas, que nunca dañas intencionalmente. Y cuando te das cuenta de que tus acciones, aunque no malintencionadas, han causado dolor a alguien más, tu corazón lo siente profundamente. Cargas con el peso de la culpa, y a veces sufres tanto como aquellos a quienes, sin querer, has lastimado. Ese sufrimiento, hijo mío, es prueba de tu humanidad y de la nobleza de tu espíritu.

Reflexiona, hijo mío. ¿Por qué eres tan severo contigo mismo? ¿Por qué te cuesta tanto perdonarte tus errores, cuando ser indulgente contigo mismo es el primer paso hacia un amor más grande y más puro? Si puedes aceptar tus defectos y reconciliarte con tus caídas, estarás construyendo la base para amar sin condiciones. No se trata de excusar tus errores, sino de aprender de ellos sin martirizarte. Porque el amor incondicional hacia los demás empieza con ese acto de autocompasión y comprensión.

Del libro "Cartas a Dios" - Alfonso Vallejo

jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo