“El Amor es como
la luz, no se explica, se siente”
Querido Dios:
Hoy he sentido Tu presencia
antes de buscarla, antes incluso de pronunciar palabra alguna ni de sentarme a
meditar. Sin haber pedido respuesta, me has respondido. Y lo has hecho, como
tantas otras veces, con esa sutileza que te distingue: a través de un simple
“azar”, una coincidencia que no lo es. Me hiciste llegar, aparentemente por
casualidad, a un video en YouTube, pero sé bien que en Tu lenguaje no existen
las casualidades. Ese video despertó en mí el recuerdo de mi última carta y,
con ella, de Tu última contestación. Y al recordar esas dos correspondencias,
tomé conciencia de algo que hasta ahora no había querido reconocer del todo: en
muchas de nuestras cartas, Señor, siempre hemos estado girando alrededor del
mismo tema, danzando una y otra vez en torno a la misma enseñanza: “el Amor”.
El Amor divino, el Amor
incondicional, el Amor puro que trasciende el juicio y el temor, el Amor que
vinimos a recordar, no a aprender, porque en verdad es lo que somos. Sin
embargo, también comprendí que, a pesar de haber tratado este tema una y otra
vez, siempre me he quedado en la periferia de la enseñanza, rozando apenas su
profundidad. He comprendido, con Tu nueva inspiración, que hasta hoy solo he
bordeado la verdadera práctica de ese Amor que intento comprender.
Y me emociono… porque si me has
permitido recibir esta comprensión ahora, es porque consideras que estoy
preparado. Siento que este momento es un llamado de Tu parte, un permiso para
subir un peldaño más en la escalera interior. Y al sentirlo, mis ojos se
humedecen de gratitud; es una alegría limpia, serena, de esas que no pueden
expresarse con palabras sino solo con un suspiro que sale desde el alma.
Tu enseñanza ha sido clara: “Hay
que dar un paso más allá”
Te decía en mi carta anterior: “Por eso, Señor, hago el compromiso sincero
de no volver a preguntarme cuántas vidas me faltan, sino cómo puedo amar mejor
en esta vida. Porque ahora entiendo que no me falta tiempo, sino entrega. No me
falta comprensión, sino práctica. Y, en el fondo, el único propósito que tiene
mi alma es aprender a amar como Tú amas: sin condiciones, sin límites, sin
miedo”.
Esas palabras siguen resonando
con verdad en mí; siguen siendo correctas, y sé que en su momento expresaban el
grado de comprensión que yo podía alcanzar. También recuerdo que en otras
cartas hablamos de la importancia de aprender a colocarse en los zapatos del
otro, de mirar el mundo desde sus ojos para cultivar la empatía real. Pero
ahora entiendo que eso tampoco basta. Me hablas hoy de ir “más allá”, de
traspasar la empatía racional para alcanzar la comunión energética.
Porque ponerse en los zapatos
del otro está bien, sí, pero es apenas “el comienzo del camino”. Lo
verdaderamente transformador, lo que despierta la conciencia superior, es
impregnarse de su energía, sentir de verdad lo que siente el otro, dejar que su
vibración te atraviese, que su experiencia te toque el alma sin defensas, sin
filtros, sin máscaras.
Te entiendo ahora, Señor. No se
trata solo de imaginar qué siente quien ha sido engañado, traicionado o
lastimado; se trata de “experimentarlo interiormente” con la mayor honestidad
posible. Sentir la desesperanza del que es humillado, la tristeza del que es
abandonado, la impotencia del que no puede defenderse. Sentirlo sin juicio, sin
tratar de explicarlo o justificarlo. Sentirlo para comprender desde el corazón,
no desde la mente, qué significa realmente Amar como Tú amas.
Y eso me lleva a una segunda
enseñanza que, aunque exigente, es profundamente liberadora: después de
experimentar lo que otros sienten, es necesario “confrontar mis propias
verdades”. Entiendo que debo mirar de frente mis autoengaños, mis excusas, mis
pretextos, esas justificaciones con las que mi ego ha disfrazado sus miedos
durante tanto tiempo. Es hora de poner al ego en “modo espera”, de acallarlo un
momento para escuchar la voz silenciosa del alma.
Porque solo en ese silencio
interior, cuando se disuelven los ruidos del “yo”, se escucha la voz de la
conciencia superior. Y en ese espacio sagrado, donde no hay juicio ni culpa, uno
puede empezar a comprender que cada acción, cada error, cada encuentro ha sido
siempre una oportunidad para despertar al Amor que nos constituye.
Amar de verdad implica romper
las capas del ego, abrirse al dolor propio y ajeno sin taparlo con bellas
palabras espirituales. Implica sentir el vértigo de la vulnerabilidad, el
temblor del alma cuando se entrega sin garantías. Y, sin embargo, ahí, en ese
riesgo interior, es donde se esconde la semilla del Amor puro.
Esa enseñanza me toca
profundamente, porque reconozco cuántas veces he querido Amar desde la mente:
buscando entender, justificar o analizar el Amor. Pero ahora descubro que el
Amor no puede comprenderse; solo puede vivirse. Es como la luz: no se explica,
se siente. Solo cuando uno se deja habitar completamente por ese sentimiento, cuando
se permite llorar con las lágrimas del otro, reír con su alegría, temblar con
su miedo, entonces comienza la verdadera transformación.
Señor, gracias por llevarme con
tanta paciencia hasta este punto. Me doy cuenta de que, en el fondo, esta nueva
comprensión no me aleja de las anteriores, sino que las amplía. Todo lo que
hemos hablado antes sobre la entrega, la práctica, la empatía y la humildad era
solo la preparación necesaria para dar este paso. Era como aprender los acordes
antes de tocar la melodía. Y ahora me dices que es hora de interpretar la
canción de la vida con el corazón abierto, sin temor a equivocarme, porque cada
nota, incluso las disonantes, formará parte de la sinfonía de mi alma.
Comprendo también que esto que
llamo “dar un paso más allá” no es un logro, sino un “proceso continuo”. Cada
vez que mi ego se justifique, cada vez que me sienta víctima o culpable, será
una oportunidad para practicar este nuevo estado de conciencia. No se trata de
alcanzar una perfección imposible, sino de mantenerme atento, vigilante,
dispuesto a sentir en profundidad la experiencia humana y divina que soy.
Y si tuviera que resumir todo
esto en pocas palabras, diría que me has mostrado lo que significa “conectar
con la conciencia superior”. Esa conciencia que no está fuera de mí, sino en lo
más íntimo de mi ser; que no me pertenece, porque yo le pertenezco a ella. Es
la chispa eterna que impulsa mi vida sin que yo siempre lo perciba, pero que me
guía pacientemente hacia el reencuentro contigo.
Gracias, Señor, por recordarme
que amar no es solo una emoción ni una elección moral, sino “un estado del alma”.
Que amar como Tú amas no significa renunciar a ser humano, sino abrazar la
humanidad en toda su plenitud, aprendiendo a mirar con ternura incluso mis
propias sombras.
Hoy, mientras termino de
escribir esta carta, siento una paz profunda. Y quizá eso sea lo más
sorprendente de todo: que después de tantas vueltas, de tantas preguntas, de
tantas lágrimas, la respuesta siempre ha sido Tan simple y tan grande a la vez:
Amar.
Con humildad y gratitud infinita.