La aventura de escribir

La aventura de escribir

Un espacio creado para dar a conocer mis obras literarias. Aquí encontrarás la presentación de cada uno de mis libros, con su sinopsis, detalles sobre la inspiración detrás de ellos y la posibilidad de adquirirlos fácilmente. El blog será un escaparate personal donde cada título tendrá su propio lugar destacado.

sábado, 14 de febrero de 2026

La persona adecuada

 


Durante muchos años pensé que la vida consistía en encontrar a “la persona adecuada”, como si existiera una especie de llave maestra capaz de abrir todas las puertas de la felicidad. Qué ingenuidad. Con el tiempo comprendí que no se trata de encontrar a nadie, sino de encontrarse a uno mismo a través de los demás. Cada persona que se cruza en nuestro camino es un espejo que nos muestra algo que necesitamos ver: una virtud que ignorábamos, un defecto que negábamos, un miedo que escondíamos, una fuerza que no sabíamos que teníamos. Y cuando ese aprendizaje se completa, la persona desaparece, como un actor que abandona el escenario una vez pronunciada su última frase.

7 VIDAS- Alfonso Vallejo


viernes, 13 de febrero de 2026

Ley de la Precipitación

       Una de las leyes del Universo es la Ley de la Precipitación. Según esa ley, Dios proveía, en el principio de los tiempos, a los seres humanos de todo cuanto pudieran necesitar. Pero llegó un día en que los seres humanos dudaron de Dios y empezaron a murmurar: “Y si un día se olvida de darnos lo que necesitamos”. Y así fue como el ser humano comenzó a guardar y a tratar de conseguir por sí mismo lo que Dios le estaba proveyendo; es decir, comenzó a trabajar para, con el sudor de su frente, conseguir lo que antes tenía de manera fácil.

          “Rasgar el velo de la soledad” de Alfonso Vallejo

jueves, 5 de febrero de 2026

7 vidas

 


Así comienza mi nueva novela: 7 vidas.

                                                            

Y comenzó la vida

 

“Todo empezó antes de que yo supiera que empezaba”

 

            ¡Qué lejos queda aquel 28 de junio de 1950, visto desde la atalaya en la que me encuentro ahora! Y, sin embargo, ahí está, como un punto luminoso en la distancia, recordándome que alguna vez fui un recién nacido que llegó al mundo en una casa modesta, en el hogar donde mis padres vivían entonces. No nací en un hospital, sino entre paredes familiares, bajo un techo que ya guardaba historias antes de que yo respirara por primera vez.

Mientras mi madre se retorcía de dolor, entregándose al misterio de traer al mundo a un bebé de cuatro kilos, la vida seguía su curso unos pisos más abajo. En la calle, las carrozas desfilaban celebrando las fiestas grandes de la ciudad, ajenas al pequeño milagro que estaba ocurriendo justo encima de ellas.

Era León, engalanada para honrar a San Juan y San Pedro, vibrando con música, risas y bullicio. Y en medio de esa alegría colectiva, en un cuarto humilde y cálido, comenzaba mi propia fiesta silenciosa: la de existir.

A veces pienso que no podría haber tenido un comienzo más simbólico. Afuera, la ciudad celebraba la luz del verano; adentro, mi madre y yo inaugurábamos una historia que aún hoy sigo intentando comprender.

A veces me pregunto qué habría pensado aquel bebé, (si hubiera podido pensar), al escuchar el estruendo de la fiesta mezclado con el llanto propio de quien llega a un mundo desconocido. Quizá, sin saberlo, ya estaba recibiendo la primera lección: la vida es un escenario donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan sin pedir permiso. Mi llanto se confundía con la música, y mi primera respiración coincidía con el bullicio de una ciudad que celebraba sin saber que, en un cuarto alto y discreto, otro pequeño comienzo se abría paso.

Mi madre solía contar que nací hermoso, (porque esa es la palabra que utilizaba para definir a alguien pasado de peso), con un llanto que llenó la habitación y un color sonrosado que tranquilizó a la comadrona. Mi madre, agotada pero luminosa, me sostuvo entre sus brazos como si sostuviera un secreto. Mi padre, nervioso y orgulloso, caminaba de un lado a otro sin saber muy bien qué hacer con tanta emoción. Eran jóvenes, enfrentándose al misterio de convertirse en padres por primera vez.

 

Amar a Dios sobre todas las cosas

 


Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.


Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo

lunes, 2 de febrero de 2026

Amor incondicional

 

Querido hijo:

 Estás buscando amar al mundo entero, un mundo vasto, lejano y desconocido. Y aunque esa aspiración es noble, permíteme recordarte algo crucial: el verdadero amor universal comienza más cerca de lo que imaginas. Comienza contigo. Sí, hijo mío, contigo mismo. Antes de intentar abrazar al mundo entero con tu amor, debes aprender a abrazarte a ti mismo. No me refiero a un acto egoísta, sino a un gesto de aceptación, compasión y perdón hacia tus propias imperfecciones.

Empieza por amarte a ti mismo con intensidad, sin límites ni reservas. Comprende que nunca haces nada mal a sabiendas, que nunca dañas intencionalmente. Y cuando te das cuenta de que tus acciones, aunque no malintencionadas, han causado dolor a alguien más, tu corazón lo siente profundamente. Cargas con el peso de la culpa, y a veces sufres tanto como aquellos a quienes, sin querer, has lastimado. Ese sufrimiento, hijo mío, es prueba de tu humanidad y de la nobleza de tu espíritu.

Reflexiona, hijo mío. ¿Por qué eres tan severo contigo mismo? ¿Por qué te cuesta tanto perdonarte tus errores, cuando ser indulgente contigo mismo es el primer paso hacia un amor más grande y más puro? Si puedes aceptar tus defectos y reconciliarte con tus caídas, estarás construyendo la base para amar sin condiciones. No se trata de excusar tus errores, sino de aprender de ellos sin martirizarte. Porque el amor incondicional hacia los demás empieza con ese acto de autocompasión y comprensión.

Del libro "Cartas a Dios" - Alfonso Vallejo

jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


sábado, 17 de enero de 2026

jueves, 15 de enero de 2026

Un paso más allá

 


“El Amor es como la luz, no se explica, se siente”


Querido Dios:

 Hoy he sentido Tu presencia antes de buscarla, antes incluso de pronunciar palabra alguna ni de sentarme a meditar. Sin haber pedido respuesta, me has respondido. Y lo has hecho, como tantas otras veces, con esa sutileza que te distingue: a través de un simple “azar”, una coincidencia que no lo es. Me hiciste llegar, aparentemente por casualidad, a un video en YouTube, pero sé bien que en Tu lenguaje no existen las casualidades. Ese video despertó en mí el recuerdo de mi última carta y, con ella, de Tu última contestación. Y al recordar esas dos correspondencias, tomé conciencia de algo que hasta ahora no había querido reconocer del todo: en muchas de nuestras cartas, Señor, siempre hemos estado girando alrededor del mismo tema, danzando una y otra vez en torno a la misma enseñanza: “el Amor”. 

El Amor divino, el Amor incondicional, el Amor puro que trasciende el juicio y el temor, el Amor que vinimos a recordar, no a aprender, porque en verdad es lo que somos. Sin embargo, también comprendí que, a pesar de haber tratado este tema una y otra vez, siempre me he quedado en la periferia de la enseñanza, rozando apenas su profundidad. He comprendido, con Tu nueva inspiración, que hasta hoy solo he bordeado la verdadera práctica de ese Amor que intento comprender. 

Y me emociono… porque si me has permitido recibir esta comprensión ahora, es porque consideras que estoy preparado. Siento que este momento es un llamado de Tu parte, un permiso para subir un peldaño más en la escalera interior. Y al sentirlo, mis ojos se humedecen de gratitud; es una alegría limpia, serena, de esas que no pueden expresarse con palabras sino solo con un suspiro que sale desde el alma. 

Tu enseñanza ha sido clara: “Hay que dar un paso más allá”

Te decía en mi carta anterior: “Por eso, Señor, hago el compromiso sincero de no volver a preguntarme cuántas vidas me faltan, sino cómo puedo amar mejor en esta vida. Porque ahora entiendo que no me falta tiempo, sino entrega. No me falta comprensión, sino práctica. Y, en el fondo, el único propósito que tiene mi alma es aprender a amar como Tú amas: sin condiciones, sin límites, sin miedo”.

Esas palabras siguen resonando con verdad en mí; siguen siendo correctas, y sé que en su momento expresaban el grado de comprensión que yo podía alcanzar. También recuerdo que en otras cartas hablamos de la importancia de aprender a colocarse en los zapatos del otro, de mirar el mundo desde sus ojos para cultivar la empatía real. Pero ahora entiendo que eso tampoco basta. Me hablas hoy de ir “más allá”, de traspasar la empatía racional para alcanzar la comunión energética. 

Porque ponerse en los zapatos del otro está bien, sí, pero es apenas “el comienzo del camino”. Lo verdaderamente transformador, lo que despierta la conciencia superior, es impregnarse de su energía, sentir de verdad lo que siente el otro, dejar que su vibración te atraviese, que su experiencia te toque el alma sin defensas, sin filtros, sin máscaras. 

Te entiendo ahora, Señor. No se trata solo de imaginar qué siente quien ha sido engañado, traicionado o lastimado; se trata de “experimentarlo interiormente” con la mayor honestidad posible. Sentir la desesperanza del que es humillado, la tristeza del que es abandonado, la impotencia del que no puede defenderse. Sentirlo sin juicio, sin tratar de explicarlo o justificarlo. Sentirlo para comprender desde el corazón, no desde la mente, qué significa realmente Amar como Tú amas. 

Y eso me lleva a una segunda enseñanza que, aunque exigente, es profundamente liberadora: después de experimentar lo que otros sienten, es necesario “confrontar mis propias verdades”. Entiendo que debo mirar de frente mis autoengaños, mis excusas, mis pretextos, esas justificaciones con las que mi ego ha disfrazado sus miedos durante tanto tiempo. Es hora de poner al ego en “modo espera”, de acallarlo un momento para escuchar la voz silenciosa del alma. 

Porque solo en ese silencio interior, cuando se disuelven los ruidos del “yo”, se escucha la voz de la conciencia superior. Y en ese espacio sagrado, donde no hay juicio ni culpa, uno puede empezar a comprender que cada acción, cada error, cada encuentro ha sido siempre una oportunidad para despertar al Amor que nos constituye. 

Amar de verdad implica romper las capas del ego, abrirse al dolor propio y ajeno sin taparlo con bellas palabras espirituales. Implica sentir el vértigo de la vulnerabilidad, el temblor del alma cuando se entrega sin garantías. Y, sin embargo, ahí, en ese riesgo interior, es donde se esconde la semilla del Amor puro. 

Esa enseñanza me toca profundamente, porque reconozco cuántas veces he querido Amar desde la mente: buscando entender, justificar o analizar el Amor. Pero ahora descubro que el Amor no puede comprenderse; solo puede vivirse. Es como la luz: no se explica, se siente. Solo cuando uno se deja habitar completamente por ese sentimiento, cuando se permite llorar con las lágrimas del otro, reír con su alegría, temblar con su miedo, entonces comienza la verdadera transformación. 

Señor, gracias por llevarme con tanta paciencia hasta este punto. Me doy cuenta de que, en el fondo, esta nueva comprensión no me aleja de las anteriores, sino que las amplía. Todo lo que hemos hablado antes sobre la entrega, la práctica, la empatía y la humildad era solo la preparación necesaria para dar este paso. Era como aprender los acordes antes de tocar la melodía. Y ahora me dices que es hora de interpretar la canción de la vida con el corazón abierto, sin temor a equivocarme, porque cada nota, incluso las disonantes, formará parte de la sinfonía de mi alma. 

Comprendo también que esto que llamo “dar un paso más allá” no es un logro, sino un “proceso continuo”. Cada vez que mi ego se justifique, cada vez que me sienta víctima o culpable, será una oportunidad para practicar este nuevo estado de conciencia. No se trata de alcanzar una perfección imposible, sino de mantenerme atento, vigilante, dispuesto a sentir en profundidad la experiencia humana y divina que soy. 

Y si tuviera que resumir todo esto en pocas palabras, diría que me has mostrado lo que significa “conectar con la conciencia superior”. Esa conciencia que no está fuera de mí, sino en lo más íntimo de mi ser; que no me pertenece, porque yo le pertenezco a ella. Es la chispa eterna que impulsa mi vida sin que yo siempre lo perciba, pero que me guía pacientemente hacia el reencuentro contigo. 

Gracias, Señor, por recordarme que amar no es solo una emoción ni una elección moral, sino “un estado del alma”. Que amar como Tú amas no significa renunciar a ser humano, sino abrazar la humanidad en toda su plenitud, aprendiendo a mirar con ternura incluso mis propias sombras. 

Hoy, mientras termino de escribir esta carta, siento una paz profunda. Y quizá eso sea lo más sorprendente de todo: que después de tantas vueltas, de tantas preguntas, de tantas lágrimas, la respuesta siempre ha sido Tan simple y tan grande a la vez: Amar. 

Con humildad y gratitud infinita. 


viernes, 2 de enero de 2026

Infierno, aceptación, voluntad

 


El infierno no existe, Antay. El único verdadero infierno no está después de la muerte. Es a este lado de la vida donde se puede encontrar el infierno, ya que el único, el auténtico y verdadero infierno no está después de la muerte, está ahora, en la vida. Está en la persona, está en su mente, pues es ella la que va llevando al ego por los vericuetos del pensamiento, de la emoción y del sentimiento. Es la mente la que, pensamiento a pensamiento, va desgranando ideas, creencias, desgracias, males, sufrimientos y torturas que hacen que la persona sufra un verdadero infierno.

Y son esos pensamientos, creencias, males y desgracias las que vive realmente el ego. El dolor del ser humano, el miedo, la ansiedad o la angustia, solo son un producto de su mente, porque nada está ocurriendo, solo es su apreciación. ¿Te parece poco infierno? Cuando el ser humano consiga mantener su mente en silencio habrá alcanzado la dicha.

Antay, —en el rostro de Ángel apareció un gesto de preocupación— y de la misma manera que no existe el infierno, no existe la suerte y las coincidencias tampoco. Todo está programado por nosotros antes de venir a la vida. Lo que no está programado es la reacción de cada persona ante esos acontecimientos programados. Y esa reacción depende totalmente del amor que la persona se tiene a sí misma.

Me costaba comprender su lógica. 

—Todo esto suena muy bien, Ángel, pero ¿cómo se consigue ese amor por uno mismo? 

—Con voluntad. Dejar de lado el peso de las expectativas ajenas y aprender a aceptarse.

Del libro "Vivir ahora, vivir sin tiempo" Alfonso Vallejo  


martes, 30 de diciembre de 2025

Yo Soy

 


Te amo, hijo mío.

Te escucho, incluso cuando no me llamas.

Te bendigo, incluso cuando no lo notas.

Estoy Contigo,

incluso cuando crees que estoy lejos.

YO SOY

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo